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Buen lío en el que me ha metido Sergi al pedirme que explicara mi primer viaje a Tierra Santa, al lugar que todos los que compartimos esta inigualable afición deberíamos ir una vez en la vida: Nürburgring. Pero para entender esta historia, todos aquellos que no me conozcan creo que necesitarán un poco de contexto, así que os invito a poneros cómodos y disfrutar del camino. Como siempre digo… ¡CARRETERA Y MANTA!
 

El origen de «Pedro 127»

Seguro que no os sonará extraño que explique que ya desde bien crío me han gustado los coches. Supongo que siempre influye vivir en una familia con un padre obsesionado por los clásicos, que antes de saber andar ya me llevaba con él al taller y a los desguaces buscando gangas para su Seat 127.

Yo ya apuntaba maneras, porque en un desguace donde solíamos ir habían tres 127 a los que siempre me acercaba. Aún los recuerdo: uno blanco CL comercial, uno verde y otro verde lago. Cuando crecí un poco, me imagino que mi padre ya no se asustó mucho cuando le dije “papá, yo quiero… un 127″.

De ahí ya entramos en lo que nosotros decimos “la matanza de Texas” de esta afición: acudir a concentraciones con nuestros coches, conocer a gente maravillosa, aprender de ellos… todo eso nos llevó a montar Club Maresme Clàssics, la manera de mi padre de empezar a organizar sus propias concentraciones, algo que llevamos haciendo mensualmente desde hace 10 años en nuestra ciudad, que es Mataró.

A todo esto, cuando no estaba con las manos metidas entre motores, la Play era mi desconexión del día a día de adolescente . Y como soy una persona que busca retos, pues yo solo quería jugar al Enthusia Professional Racing, y solo darle vueltas a Nürburgring. El mantra era “salir del insti, comer, 3 vueltas al Nur, volver al insti”. La semilla ya estaba plantada en mi cabeza.


 

Enamorado del Opel Manta

Claro, mi primer amor siempre han sido (y serán) los Seat 127, pero cierto coupé alemán apareció en mi vida con ganas de armar jaleo. Resulta que de niño, en el parque donde jugaba con mis abuelos había un Opel Manta blanco abandonado, y lo veía y me fascinaban esa línea, esas formas… era un coche raro de ver por el barrio, sin duda.

Durante muchos años el Manta fue algo inalcanzable en casa, tanto por recursos como por espacio. Pero con 19 años, un día en Andorra me encontré con un chico que tenía uno, me lo dejó probar… y me quedé enamorado. La verdad es que simplemente me encanta, y eso que ni corre ni es rápido.

Y llegó el día en el que apareció la oportunidad: me ofrecieron uno y tardé un año en decidirme, porque estaba estudiando y empezaba a trabajar entonces. Al final me lancé a la piscina y tuve que empezar a ponerlo al día, porque tenía mucha, muchísima faena.

Aposté por el Manta porque me daba la oportunidad de tener un coche que me encanta, y a la vez que está hecho para viajar e ir cómodo, algo que con mis 127 es una utopía (y lo dice alguien que se cruza España si hace falta al volante de uno).

El elegido fue este Opel Manta GTE del 6 de enero de 1984. Algo muy bonito es que, como dice su fecha, fue un regalo de Reyes para sus primeros dueños.

Es un motor 2 litros inyección con 110 CV y una caja de cambios de 5 marchas larga. El coche está de estricta serie excepto por unos amortiguadores Selex en la suspensión y los silentblocks de poliuretano, además de muy pequeños detalles que le voy haciendo. Posiblemente le vendrá pronto alguna mejora, porque sufro bastante con los discos de freno macizos.

 

La gran duda antes del viaje

Vamos con el viaje. La idea surge realmente entre el grupo de colegas, cuando un día nos dimos cuenta que el plan para ir con nuestros coches y rodar en Nürburgring iba en serio y ya estábamos mirando distancias y hoteles para el mes de agosto de 2018.

Aquí vino el gran dilema: ¿con qué coche voy, con el Manta y sus 110 CV o con el 127 y sus 40 y pocos? Pues el problema es que cada mes cambiaba de idea 3, 4 y 5 veces… y el día antes de salir aún no lo tenía claro.

Yo tengo una fe ciega en mis 127, pero no dejan de ser 1.200 kilómetros de una tirada, sin aire acondicionado, más ya el rodar en el circuito.

El Manta era el coche para un viaje así, pero tenía muchísimas dudas por los problemas mecánicos que me estaba dando y que le hicieron acabar un día con la lona puesta y con la idea de venderlo, porque no podía más. Tenía la cabeza hecha un lío, de verdad, pero mientras me decidía, volví con él y le hice filtros, inyección, cambio de valvulina, kit de embrague y le puse una plancha canalizadora de aire.


 

Llega el viaje

Y que sí, que llegó el día de salir y cogí las llaves del alemán, aunque a mi manera: coloqué en el maletero una caja de cartón LLENA de recambios y de mi caja de herramientas. Llevaba más recambios que ropa, y también un «juguete» que debía venir conmigo y del que hablaré más tarde.

Salíamos desde Barcelona, donde nos juntamos todos: Joaquín con su Abarth Punto, Alex con el Seat León FR, Joan y su Peugeot 306 GTI y Rafael y Javier, que subían desde Albacete en un BMW E46.

Aquel día subimos hasta Stuttgart del tirón, 16 horas sin parar, y el Manta vio los 200 km/h en la primera autobahn. Al llegar al hotel, ya instalados, le dejé descansar un poco y luego fui a ver cuánto aceite había bebido («porque habrá bebido seguro»); pero no, estaba exactamente igual. Y de agua, lo mismo. Ese coche nació para estos viajes, no hay duda.

Antes de pasar por el circuito nos lo hicimos venir bien para visitar en Stuttgart los museos de Mercedes-Benz y Porsche, espectaculares los dos, y también estuvimos en el Classic Remise de Düsseldorf, todos ellos lugares increíbles.


 

Las primeras horas en Nürburgring

Cuando llegamos a Nürburgring ya era tarde para entrar, así que fuimos a inspeccionar la zona. Y es verdad lo que te dicen: estás allí y no te lo crees. Un ambiente automovilístico que da gusto y al que nosotros, lamentablemente, no estamos acostumbrados.

Pasaba con el Manta por los parkings, rodeado de supercoches como solo allí te puedes encontrar… y el coche destacaba. La gente lo miraba, los alemanes se acercaban, les abría el capó, me preguntaban si el interior era original… y uno de ellos me lo llegó a tasar allí mismo.

Al día siguiente era por fin la primera oportunidad para entrar a rodar. Pero antes pasamos por el museo del circuito, en el que encontramos expuesto un Opel Manta del VLN preparado por Kissling Motorsport, y que no era el típico de la cola de zorro de las 24 Horas. Precioso.

Después de una buena comida en la Trattoria 27 de Adenau, nos acercamos al circuito. Dudábamos si entrar o no porque llovía un poco, pero si no lo hacíamos por la lluvia, al día siguiente sería por otro motivo. Nos sacamos las tarjetas de 1 vuelta por 25€, nos pusimos en la cola y a la que vimos un hueco entre coches, ¡para dentro!

Esta primera vuelta fue de puro reconocimiento, de salir a pasear, sin casco siquiera, no quería ir rápido deliberadamente. A ritmo de 100 por hora por la derecha, tercera-cuarta, disfrutar del circuito… la verdad es que cuando acabé la vuelta, joder, ¡lo recordaba entero, viva la Play! La


 

La vuelta de verdad

La mañana siguiente amaneció seca y, de alguna manera, todos sabíamos que esta iba a ser la oportunidad real. Fue de cara a la tarde cuando pasamos a poner 30€ de 102 octanos, compramos la vuelta y empezó la fiesta.

Yo lo tenía muy claro: sin perderle el respeto al Nordschleife y con un coche de 30 años, pero iría a todo lo que diera el Opel Manta, que ya estaba loco por rodar a fondo «bridge to gantry» («del puente al cartel»), 20 kilómetros de glorioso asfalto viejo y deslizante con desniveles, compresiones y estrecheces.

En momentos así, pienso que parece que tengamos un interruptor en el cerebro. De golpe todo se apaga alrededor: silencio, no hay radio, ventanillas subidas (bueno, la mía bajada un dedo para evitar que se empañe el cristal), casco, tenso el respaldo y adelante.

Arrancamos todo el grupo juntos y al pasar por debajo del puente de Bilstein ya tiré irremediablemente el pie a bajo, es una sensación increíble.

La primera zona del circuito es en bajada y ahí me di cuenta que empezaba a ir rápido. Adelantaba a coches que me veían y se abrían a la derecha, ¡coches modernos dejando pasar a un Manta!

Pasado Flugplatz miré el velocímetro, iba a 190 km/h y pensé “esto es una jodida locura… pero no puedo parar”. Lo siguiente es una curva a derechas de 180 grados a la que llegué casi a 200 km/h, con 4 coches en el carril derecho. Pensé un «vale, me espero y les intento pasar al salir»… pero mi cerebro tenía otros planes, que pasaban por quedarme en el exterior, bajar marchas como un loco y salir enganchado a un E90.

Lo adelanté, entré en la bajada más bestia con una compresión impresionante a 160…. y veo una bandera amarilla al fondo. Y mira que ni venía a hacer tiempos ni nada, ¡pero qué rabia me dio en aquel momento!

Al pasarla, gas a fondo. Seguía la parte de bajada, que me hizo sufrir por los frenos del coche. Tiré mucho de freno motor y sin pasarme en la presión. Entonces me adelantó un E30, posiblemente un 316, cuando iba a 160 por hora… ojo, un 316 con barras, slicks y bacquets, cosa seria.

Me enganché tras él, bajamos y subimos Adenau juntos y llegó la subida larga. Segunda, tercera a todo lo que daba, cuarta… si no vas con un coche potente, ahí te da tiempo a pensar. Y yo pensé «ojo que te estás calentando con un local y solo es tu segunda vuelta». Rebajé la tensión, le podía adelantar pero me quedé detrás. Justo ahí nos pasaron un SLS y un 911 GT2… vaya lijadas yendo nosotros a 150, espectacular.

Y llegó el Karussell. Curiosamente, el día anterior yendo de paseo lo tiré por dentro y en esta, en cambio, lo tuve que pasar por arriba. Llegué con 4 coches lentos delante y quería tirarme por abajo, pero me apareció Axel de Españoles x Nürburgring (que nos ayudó durante la preparación del viaje) en el subconsciente diciendo “mira los retrovisores antes de lanzarte por el interior”. Lo hice y venía un SLS muy muy rápido. Si me llego a meter habríamos tenido un problema muy grande.

Salimos de ahí y de nuevo zapatilla, empecé a adelantar coches, ¡uno de ellos un Insignia OPC que me dejó paso, qué cómico todo! Encarando la bajada camino a Pflazgarten me di cuenta de lo bien que iba el coche.

Llegó la zona del salto y la entré a todo lo que daba. La sensación de flotar al pasar el bache, ¡wow! Rápidamente derecha a tope con una fila de coches delante que empecé a adelantar. Al parecer entre ellos había un español al que luego me encontré y me dijo que ese Manta iba muy lanzado. Y sí, lo iba.

Segundo Karussell y ya recta final. Al pasar por debajo del cartel de Audi se me escapó un grito, se me pusieron los pelos de punta y me saltaron las lágrimas. Fue espectacular. Salí gritando y llegué hasta la gasolinera del circuito para ver si los frenos se habían cocido o no (la verdad es que no).

Había conseguido rodar allí, lo había disfrutando junto a mis amigos y el coche había sido un verdadero animal.


 

La post-vuelta

En base a los tiempos de Joaquín y Alex, que los llevaban controlados por el móvil, la aproximación es que, pese a tráfico, bandera amarilla e inexperiencia, fui el que mejor tiempo hizo de los 4 coches que entramos. Sería un tiempo aproximado de 10:50 minutos en un momento en el que habían 170 coches en pista.

Repasando lo vivido, está claro que incluso rodando allí dentro te pesa el pensamiento de “me he dejado muchísimo dinero en el coche, llevo semanas enteras invertidas en él después de currar mis 8 horas como mecánico, dolores de cabeza, problemas…». En un caso como este, arriesgarte a perderlo todo por querer ir todavía más rápido, no te compensa en absoluto. Especialmente cuando se trata de un viaje con los amigos donde lo importante es disfrutar.

Ya no dimos más vueltas, puesto que al día siguiente compramos una nueva tarjeta, pero había todavía más tráfico y las banderas rojas se sucedían, así que no lo vimos claro y lo dejamos pasar.

¡AH! Había dicho antes que en el maletero había cargado algo más que ropa y recambios del Manta. Pues lo confieso: sí que se vino un 127 conmigo a Nürburgring. ¡El de pedales!

Solo acabaré diciendo que, por muchos años que pasen, ese viaje estará siempre en mi memoria. Una de las mejores experiencias que me hayan pasado. Y además, esa vuelta que todavía no hemos gastado… habrá que consumirla antes de caducar. Y habrá que pensar con qué coche hacerla.

 

Texto: Pedro Maimir (Pedro 127).

Fotos: Pedro 127, joaquin_abarth, aleex_5f. Todas las imágenes son propiedad de sus autores. Todos los derechos reservados.
 

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4 comentarios
  1. Pedro Valiente
    Pedro Valiente Dice:

    Bonita crónica, espectacular ese Manta y emocionante el detalle del 127 de pedales. ¡Qué recuerdos! Leyendo el artículo he revivido mi primera experencia en el Nordschleife. ¡Tengo que volver pronto! Y ahora que lo dices, ¡tendré también el dilema de con qué coche ir! jajaja

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    • Pedro 127
      Pedro 127 Dice:

      Mis disculpas por la tardanza en contestar, me alegro muchísimo que haya sido de tu agrado el texto. En un principio llegamos a pensar que se extendía demasiado, pero al final acabamos diciendo, al aficionado que le guste, lo leerá hasta el final! Ánimo con tu dilema compañero, a mí me fue muy difícil, tanto que este año me estoy viendo allí con el 127!!! Un saludo y gracias de nuevo.

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  2. Avatar
    Carlos Dice:

    Apreciado Pedro,

    He disfrutado mucho con la crónica, redactada de manera que me he sentado contigo en el Manta y he recorrido el Infierno verde con la imaginación; algo muy útil puesto que es harto difícil que mi berlina sueca llegue a rodar allí.
    Muchas gracias por compartir tu experiencia.

    Carlos.

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    • Pedro 127
      Pedro 127 Dice:

      Disculpa por mi tardanza en responder Carlos, estoy segurísimo que tu berlina sueca, la cual conocemos más de uno aquí e internacionalmente, acabará rodando por aquella maravilla de circuito. Solo puedo decirte que gracias y que me alegro muchísimo de que te haya gustado esta crónica sobre el viaje, te animo a escribir sobre tú y tu «pequeña» gran berlina sueca… Un fuerte abrazo compañero y gracias de nuevo!

      Responder

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